Calpe y Altea (Alicante)

Los flamencos están de moda. En vestidos, toallas, bolsos, pajitas...
¡Y hasta en Calpe han puesto flamencos!

Y es que este ave zancuda nos apasiona,
los niños comprueban si es verdad que a la pata coja se puede estar cómodo pero claro,
las personas no somos flamencos.
Y Mateo, más sensato, se dedica a observarlos.

Calpe no sólo es famoso por su imponente Peñón, por sus calas...
También tiene un mar interior que es hogar de un nutrido grupo de flamencos.
¿Sabéis que deben su color a la alimentación mayoritariamente de crustáceos?
(Eso nos dijo uno de los niños, no iba mal encaminado.)

Calpe tiene dos zonas:
la parte de playa, con edificios altos típicos del litoral levantino,
y un casco antiguo encantador y muy fotogénico.

Sus callejuelas siempre tienen flores, con una sombra que se agradece y un ambiente tranquilo.

Numerosos rincones donde descansar y poder intercambiar impresiones. 
Es fabuloso, como con imaginación,
los niños son capaces de sacar conclusiones tan cercanas a la realidad.

Muchas de estas callejuelas con muchos peldaños han sido pintadas formando banderas.
Antiguamente hemos visto en más pueblos esta tradición tan bonita,
pero hemos percibido que va desapareciendo.

De vez en cuando la gente sale a saludar, muy agradable.
Los niños preguntan sus curiosidades
y arrancan a los habitantes a hablar orgullosos de su pueblo.

Una plaza nos da la bienvenida y a la vez nos despide
y, para nosotros, es muy especial.
Esta plaza fue construida recordando el lugar donde nos conocimos los papás y el mismo año.
Y nuestro mayor, Santiago, nos recordó tal hecho.
Y con ella dejamos Calpe, con muchas ganas de volver.

Y ponemos rumbo a otro precioso pueblo de Levante:
Altea.
Su arquitectura está muy cuidada.

Y conserva con mucha esencia su casco histórico, fruto de restauraciones
y de cuidar su patrimonio, que se exhibe con orgullo.

Casas blancas, rejas de forja. Todo da uniformidad. 
¡Hasta nosotros vamos conjuntados con Altea!

Encima las calles son peatonales, así que los niños pueden corretear sin peligro.

Nosotros tenemos dos pasiones:
Las ventanas y los balcones bonitos...
Es un pueblo para mirar a la derecha y a la izquierda,
pero para mirar mucho hacia arriba también y hacia abajo.

Y las puertas... Especialmente si tienen un orificio por el que cotillear...

Y es que en Altea se cuida cualquier detalle. Por arriba, por abajo, a un lado y al otro.

¡Hasta sillas para descansar!
Esas que sacan los vecinos para pasar el rato con los amigos,
esas, esas sillas hoy son de unos ladronzuelos majetes.

Pablito es muy dichadachero. 
Aprovecha cualquier oportunidad para hablar con un anciano.
Él sabe que son muy sabios y que saben cosas que a veces Google no sabe.

Todo tiene un toque rústico típico de la zona.
Hasta los comercios merece la pena visitarlos, 
la mayoría regentados por artesanos, como mamá.

De hecho, este comercio nos divirtió mucho. 
Por su decoración exterior y la interior.

Nos vamos encantados de estos dos destinos levantinos.
Con ganas de un heladito, y agradecidos por toda la gente que nos sonríe
y dedica tiempo a nuestros hijos a solucionar sus dudas tan interesantes.

Y si encima la visita es acompañada por gente que quieres.
Que aunque ves poco, cada día que les ves, parece que el tiempo no pasa.
¡Pues un plan de 10!
¡Gracias Eva y Paula por el paseo por Altea en una tarde!

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